Sin Desperdicios

Esta nota es del suplemento Radar de Pagina 12. Es algo larga pero vale la pena

“Un whisky me lleva a la mujer, dos al travesti.”
Carlos Correas
POR CLAUDIO ZEIGER
Más temprano que tarde, durante la conversación para esta entrevista, Josefina Fernández despeja cualquier duda que pueda quedar acerca del exitismo mediático que hoy parece rodear a las travestis gracias a que sus historias son documentadas por programas progres como Kaos y Ser urbano o por la aglutinante figura de Florencia de la V en Los Roldán (¡40 puntos de rating el lunes para ver cómo quedaba Laisa vestida de varón!). Fernández, antropóloga y feminista, autora de Cuerpos desobedientes -el primer libro en el país dedicado a investigar sistemáticamente la experiencia, la identidad y la militancia de las travestis locales- plantea claramente que la realidad de las travestis es mucho más penosa y difícil no sólo que la vida de Laisa sino también que la del sujeto fascinante y superado que muchas veces plantea la teoría queer.

Expulsión del seno de la familia desde temprana edad, infaltable episodio de violación en la infancia, nula escolaridad, prostitución como salida laboral casi excluyente, son algunas de las premisas básicas del manual del travestismo consignadas en forma reiterada en los testimonios recogidos en Cuerpos desobedientes. En el momento en que empezaba a debatirse el Código de Convivencia (hoy nuevamente cuestionado) en 1997, el 90 por ciento de las travestis de la Capital (incluyendo muchas que venían del interior) ejercía la prostitución. Y para salir del rigor de las estadísticas, Josefina Fernández cuenta una anécdota donde ella fue una de las involucradas: un día, una travesti quiso anotarse en la escuela secundaria. Fue a averiguar a un colegio cerca de la casa de Josefina, donde solían reunirse para organizar actividades. La directora le dijo que no había vacantes. Sospechando otra cosa, Josefina también fue a la escuela y le planteó a la directora que una mujer salteña que trabajaba en su casa quería completar sus estudios, y si podían recibirla. La directora se mostró dispuesta a recibirla. Más tarde, fueron juntas Josefina y la travesti a ver a la sorprendida directora, quedando la verdad al desnudo. “Finalmente esta travesti cursó en la escuela y, como suele ocurrir en estas historias, terminó siendo consagrada como la mejor compañera. Pero antes fue claramente dejada de lado.”
Fernández cree que algunos programas de TV pueden aportar en algo a reconciliar a la sociedad con las travestis, pero sin hacerse grandes ilusiones. “Es cierto también que hay travestis que quieren ser como Florencia, así como muchas adolescentes quieren ser algún personaje de telenovela o una chica de Bandana. Pero esta sociedad prevé que unas adolescentes lleguen hasta esos lugares y no que las travestis lleguen hasta ahí. Por eso arma tanto revuelo lo de Florencia.”
Si hiciera falta alguna imagen más para cerrar el cuadro de situación, quizá sirva una mínima anécdota de hace unos pocos años, cuando una organización de travestis le propuso a su base un insólito acto militante. ¿Piquete? ¿Corte de ruta? ¿Ruidosas manifestaciones callejeras? ¿Escraches? La verdad es que empezaron por algo mucho más humilde: juntarse en grupitos y animarse a tomar un colectivo o el subte porque la mayoría, por temor a las reacciones sociales, se trasladaba siempre en taxi.

FEMINISTAS & TRAVESTIS
Josefina Fernández integra un grupo feminista, Ají de Pollo, que organizó el Foro Internacional Cuerpos ineludibles en el Centro Cultural Rojas. Y desde hace años está al tanto de las posturas y debates del feminismo internacional. En el prólogo a Cuerpos desobedientes plantea no sin cierta audacia: “Conocí a las travestis como integrante del movimiento feminista. Hasta entonces mis vínculos con el travestismo se habían limitado a lecturas aisladas sobre el tema. Toparme con las travestis, y digo toparme porque conocerlas fue un hecho de carácteraccidental, puso en crisis muchas de las categorías que organizaban mi propia visión del escenario feminista”.
Para explicar un poco los efectos de esa crisis feminista, Fernández explica el panorama interno. “Desde fines de los ochenta, en el feminismo se venían planteando al menos dos debates centrales. Uno es sobre sexualidad y se concentra en dos posiciones: o pro-sexo, a favor de la libertad sexual e incluso el trabajo sexual; o la posición antipornografía, como la de las feministas que a fines de los ochenta redactaron una ley promulgada por Reagan. Unos años atrás, una feminista llamada Hayle Rubin lanzó una bomba en el movimiento al plantear en un artículo que el feminismo no tiene una teoría sobre la sexualidad y que cuando intenta tenerla, queda atrapada en la categoría de género. El otro debate lo generaron las feministas negras y lesbianas, criticando cómo el feminismo blanco y heterosexual decretaba el carácter universal y excluyente de las categorías “mujer” y “género”. Las feministas tradicionales les decían a las negras que no habían llegado a la conciencia de género porque estaban enfrascadas en la lucha racial. Pero cuando las blancas iban a hacer campañas contra las violaciones y el abuso sexual, lo primero que hacían era ir a los barrios negros, reforzando el prejuicio de que los violadores siempre son negros. De todos estos debates rescato el cuestionamiento a la idea de que el género sea producido por el sexo. Yo estaba bastante de acuerdo con esto, una posición sostenida, por ejemplo, por Judith Butler, al percibir que la sexualidad finalmente queda ocultada por el género. Encontrarme con las travestis fue poder preguntarme estos temas en términos concretos, hacer una reflexión sobre el género y la identidad a partir de testimonios de travestis ligadas a la militancia y que en varios casos habían pasado por el feminismo.”
En esta dirección, entonces, Cuerpos desobedientes hace un primer recorrido histórico del travestismo a través de la psiquiatría argentina, tan positivista ella, y finalmente, poniendo el acento en las cuestiones de identidad y género, organiza los testimonios de las travestis alrededor de tres hipótesis. En la primera, el travestismo vendría a reforzar los estereotipos de las identidades masculina y femenina: travesti como Súper Mujer o Súper Hombre. La segunda indica que se trataría de un tercer género. Y finalmente, la más sofisticada plantea que el fenómeno ha alcanzado una complejidad tal que la noción de género ya le queda chica y hay que pensar en nuevos conceptos.
Josefina Fernández no plantea en realidad grandes cuestiones teóricas desgajadas de la vida real sino que orienta las conversaciones con las travestis, teniendo en mente esas hipótesis que busca cuestionar. Los testimonios conseguidos son doblemente interesantes: por lo que dicen en forma despojada y directa (dicho sea de paso, muchas veces sirven para desdramatizar con humor ciertos énfasis activistas o tendencias a la victimización que pudieran surgir), pero también porque permiten armar el mapa de un universo que, por más que aparezca en los medios, sigue estando absolutamente sumergido en las napas más profundas de la sociedad.
¿Cuáles fueron tus primeras conclusiones alrededor de esas tres hipótesis?
-Las tres posturas tienen algo de verdad y algo de mentira. Lo del reforzamiento de la identidad es inevitable. En un mundo donde todo está generizado, no hay por qué pensar que las travestis van a sustraerse a esto y pensarse a sí mismas, como dice un testimonio, con “un alma de mujer”. La idea de un tercer sexo abre más perspectivas, pero en todo caso son combinaciones infinitas en base a los mismos ingredientes. Los que hablan del travestismo como otra identidad más allá del género, una identidad paródica, hacen bien al poner la discusión en un campo político. Pero es lo que sucede con la teoría queer: me parece que construyen un guión y luego salen a buscar a los actores. Pero los datos de la realidad indican que la vida de las travestis es mucho más penosa y desgraciada. Ser travesti es incorporar formas corporales femeninas desde muy temprana edad. Es el alejamiento de la familia también a muy temprana edad. Todasfueron expulsadas de la casa familiar a los 13 o 14 años, o la abandonaron frente a una situación de extrema violencia. No encontré entre las travestis con las que trabajé ninguna que no ejerciera la prostitución. La única alternativa es la calle. Yo espero que el libro pueda ser útil en este sentido, darles un relato. Las travestis son un colectivo que no tiene relato social. No tienen un relato al que puedan adherir, disputar, criticar o impugnar, y esto sucede a pesar de que tengan historias tan similares.

EN LA ZONA
Una vez decretada la autonomía de la Ciudad de Buenos Aires, además de contar con un jefe de gobierno y un cuerpo propio de legisladores, la ciudad pasó a tener un Código de Convivencia en reemplazo del Código de Faltas (tristemente célebre por contener los Edictos Policiales). Curiosamente, aquel avance de 1997 -saludado como un triunfo modesto, pero contundente de la convivencia democrática- tuvo pronto un primer traspié a apenas cuatro meses de promulgado, cuando se hizo una primera modificación al calor del debate generado en torno a la zona roja, en especial la del barrio de Palermo: entonces no se penalizó directamente la prostitución sino a través de la figura del escándalo público. El comercio sexual en la calle quedó reglamentado detrás de esta figura. Las modificaciones que la derecha ciudadana pretende por estos días van unos pasos más allá ya que se propone, entre otras cosas, penalizar directamente la oferta de sexo. La batalla de la Legislatura, agigantada por ciertos medios casi a la altura de un nuevo 20 de diciembre, tiene de trasfondo una trama compleja donde las travestis vienen a ser un sabroso jamón del sandwich entre clientes, policías y legisladores. Cuerpos desobedientes, que empezó a escribirse al calor de aquellos debates que arreciaron durante la promulgación del Código, es publicado paradójicamente cuando la ciudad se apresta a modificarlo.
¿Qué sucedió entre Código y Código con las travestis?
-Nada en especial. Las actas que hace la policía no suelen tener un buen final en la Justicia. O no hay testigos, o están mal confeccionadas las boletas. Generalmente no pasa nada, y esto es así porque básicamente la usan como un elemento de presión. En el debate, la derecha dice que no se aplica porque el Código no sirve, en la realidad no se aplica porque la policía no quiere aplicarlo. Santiago de Estrada dice: “¿Qué le digo a la vecina que abre la puerta de su casa y ve que una travesti le está practicando una fellatio a un cliente?”. Y lo que debería hacer en ese caso es consultar el Código que contempla esa situación, pongamos por obscenidad.
¿Qué plantean las travestis?
-Las travestis quieren que no haya nada, como sucedió al derogarse los edictos. Pero en todo caso prefieren que el Código quede como está. No quieren el Código modificado. Después hay una propuesta que impulsan la CHA y la Asociación de Mujeres Meretrices a nivel nacional, desde la CTA, y proponen que se retome la figura de Escándalo o Alteración Pública que está en el Código. En ese caso, la vecina hace la denuncia y entonces hay una instancia de mediación. Una preocupación muy fuerte que expresan las travestis con respecto al Código de Convivencia, modificado o no, es que prácticamente se ha hecho una equivalencia: el travestismo está pegado a la prostitución. El miedo es que se las penalice por el solo hecho de andar por la calle, más allá de que estén ofreciendo sexo o no.
Algunas posturas redentoristas podrían plantear que deberían dárseles vías alternativas para que no se prostituyan. Otra postura podría plantear que hay que defender el derecho a prostituirse. ¿Cómo ve este aspecto del travestismo?
-Buena parte de la literatura sobre el tema travesti vincula la prostitución con la pobreza y la calle como el único espacio donde puede ejercerse. Pero, de los testimonios que fui recogiendo, uno puede interpretar que, además del tema obvio de la plata, la calle también es ellugar donde son lo que quieren ser y donde además son elogiadas por el cliente. En ese sentido es diferente la prostitución en la mujer que en la travesti. Salen a ser lo que quieren ser y, como si salieran a escena en un teatro, tienen una producción previa que lleva horas. Hace unos años hubo un debate con una agrupación que defendía la prostitución como trabajo. En cambio, la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual (Alitt) planteó que había que poner en el debate público el tema de la identidad. Mi opinión en este aspecto es que en verdad las únicas que tienen derecho a decir lo que quieren hacer son ellas mismas, aunque elijan la prostitución. Igualmente creo que todo ese derrotero que comienza en forma tan penosa desde muy chicos y termina en casi el ciento por ciento de los casos en lo mismo, les quita la libertad de elegir, de optar por otra cosa. Las pocas que han dejado la prostitución y han podido asumir otro trabajo son vistas como el horizonte de posibilidades. Hay iniciativas para insertarse, pero tienen enormes desventajas. Una de ellas es la escolaridad, nula o deficiente. Son personas que dejaron todo desde la adolescencia. Y hay que sumarle algo no menor: que trabajan de noche y eso hace que muchas veces no puedan estudiar o hacer otras cosas de día. Es muy, muy difícil. La discusión sobre las modificaciones del Código trae todo este debate de nuevo. Realmente creo que hay algo tremendo: sobre personas como las travestis, que no tienen derecho a su identidad, además se discute ahora cómo hacerlas desaparecer del espacio urbano. Realmente es perverso.

Testimonios de travestis extraídos de Cuerpos desobedientes (Editorial Edhasa).

Género: “Yo tengo el género femenino, lo que rodea la persona, lo que te marca como género femenino, ésas tengo. Por ejemplo la forma de vestir, de vivir, las actitudes, el nombre, la vida cotidiana: por ejemplo, levantarme y ponerme crema, que no es del género masculino. De lo masculino también tengo cosas. Cuando era chica yo trataba de ocultar lo femenino, que no se me escapara para que no me descubrieran. Luego hice lo contrario, que no me salieran gestos masculinos. Ahora ya nada de eso me importa”.

Cliente: “Un hombre de calle es activo y pasivo, por eso buscan a una travesti y no a una mujer, porque nosotras podemos ser las dos cosas. A veces los clientes se creen que soy mujer y cuando se dan cuenta, algunos se ponen histéricos, se trauman porque te confundieron. Pero la mayoría de los que te hacen subir pensando que sos mujer, igual se quedan con la travesti porque, en realidad, les gusta estar con una parte femenina y una masculina, como somos nosotras”.

Prostitución: “Para nosotras, la prostitución no es sólo una necesidad, es un sueño también, somos muy histriónicas, la vemos como trabajo. Entonces, nosotras suponete que salimos a las ocho de la noche. Desde las seis de la tarde estamos con el baño, el perfume, el maquillaje, el vestido, antes ya fuiste a comprarte la ropa. Vamos a trabajar, a ofrecer un espectáculo. Yo podría tener acá un listado de teléfonos, estar en bombacha y corpiño y que vengan y pase uno y otro. Pero no nos satisface, nos satisface más salir, convencer, ir a conquistar al cliente, seducirlo”.

Siliconas: “Las travestis nos ponemos siliconas en las caderas, para equilibrar el tamaño de la espalda. También en la frente, la de lasmujeres es más redondita y no tiene esa salida que tienen los varones. El mentón es otro lugar de inyección de siliconas, en los varones es más duro y más salido. También en la parte de adentro de las piernas, para completar el espacio de la chuequera. Muchas se ponen en la parte de arriba del pie. Las tetas es lo principal, y la cadera y la cola; pero también los pómulos, para levantarlos. Las siliconas se ponen en donde se te ocurra. Hay algunas que se ponen en los brazos, porque los ven flaquitos o porque no les gusta verse las venas o los músculos, que son de varón. Yo tengo medio (litro) y medio en la cadera y en la cola y eso que soy una de las que menos tiene”.

Hormonas: “Al principio se usaba mucho que la travesti fuera vedette y los hombres la buscaban porque no podía pagar a una prostituta vedette o a una vedette como Moria Casán, una Susana Giménez, una Nélida Lobato, que tenía la cintura chica y mucha cola. Entonces, tenían sexo, activo en el hombre, sin tocarle el pene, tenías que pasar por mujer y no mostrarle tu pene o sacarte la tanga. Hoy por hoy, el hombre fue evolucionando su sexualidad. Le fue gustando la travesti tal cual es. La travesti vedette no era activa, es más se hormonizaba tanto que no tenía erección. Hoy por hoy, si estás hormonizada no servís”.
Viaje: “Travestisarse es un viaje de ida sin pasaje de vuelta. A diferencia de los homosexuales y los transformistas, incluso de las lesbianas, nosotras no podemos elegir cuándo visibilizarnos y cuándo no. Somos siempre visibles. ¿Dónde voy a esconder tremendas tetas? Pero sí podemos elegir cómo hacer nuestro cuerpo”.

Lesbianas: “A las lesbianas, nosotras las conquistamos en el primer encuentro nacional que se hizo en Rosario, después del taller que hicimos, se levantaron algunas lesbianas y nos pidieron disculpas por el rechazo que tenían por nosotras. Cuando las lesbianas engancharon nuestra historia, nuestras vidas, ahí fue cuando nos aceptaron más. Pero yo creo que el feminismo todavía sigue pensando que sólo hay varones y mujeres y para muchas feministas somos varones, por eso no nos aceptan”.

Leyes: “Nosotras no adherimos al tema de las leyes. Deberíamos mostrar una ruptura abierta contra todas estas cuestiones. Ya sabemos lo que son las leyes: se usan como quiere el que las usa. Yo no estoy de acuerdo con pedir leyes. Llamar a la rebelión, decir que nosotras ya no vamos a vivir como hemos vivido todos estos años. No pedir más leyes, matrimonios y todas estas cosas”.