Mar del plata se vistio de mujer

Este fin de semana se realizo en Mar del Plata el XX Encuentro nacional de la Mujer.

Yo no asistí ya que aquí en capital federal el afecto y por que no el amor me tuvieron de maravillas, además nunca asistí a estos congresos ni encuentros yo soy de esas personas que a las reuniones muy grandes no van. Si conozco gente militante que fue, a las cuales seguramente les pediré un up grade del encuentro.

Pero este post no es para dar explicaciones sino para comentar un hecho lastimoso, sobre este encuentro.

El hecho es que ni el diario La nación ni el diario Clarín publicaron nada de nada sobre dicho encuentro, cosa que realmente me llamo poderosamente la atención.

Si publico tres notas el diario pagina 12, las cuales les dejo debajo para que las puedan leer, Me pareció muy importante la lucha en favor la legalización del aborto.

Pregunta ¿Ustedes están a favor o en contra del legalización del Aborto y podrían decir por que?

Mi postura es a favor, por que, considero que mueren muchas más mujeres por abortos clandestinos con medidas de sanidad inexistentes, a presios faustuosos, con el riesgo de mortalidad muy grande, etc. Se que me pueden decir que igual estoy a favor de la muerte de una vida, pero siendo ilegal es estar a favor de dos muertes de la madre y del embrión, entonces es doble asesinato o no ?…..

MAS DE 30 MIL MUJERES DE TODO EL PAIS MARCHARON EN MAR DEL PLATA AL FINALIZAR SU ENCUENTRO NACIONAL

“Ni una muerta más por el aborto clandestino”

La marcha del Encuentro Nacional de Mujeres que se efectuó en Mar del Plata reclamó en forma masiva por el derecho a un aborto “legal, seguro y gratuito”. Hubo polémicas fuertes en los talleres con grupos religiosos y antiabortistas y también hubo una pequeña contramanifestación.


Por Marta Dillon
Desde Mar del Plata
“Por el derecho a un aborto legal, seguro y gratuito”, decían los pañuelos verdes; y lo cierto es que no hubo un solo centímetro en los muchos metros cuadrados que ocupó la marcha de cierre del XX Encuentro Nacional de Mujeres –más de ocho compactas cuadras de manifestantes– sin ese distintivo que unificó las voces más diversas. La disidencia a esta consigna, que quisieron meter como una cuña grupos de mujeres católicas evidentemente organizadas –sus argumentos se calcaban de taller en taller– en las conclusiones de cada debate, desapareció literalmente cuando la marea verde empezó a avanzar por el centro de Mar del Plata. Y aunque el coro de voces gritó también su repudio a la visita de George Bush a esta ciudad, se hizo agitando los mismos pañuelos, para que no haya “ni una muerta más por abortos clandestinos”, como decía la bandera detrás de la que todas se encolumnaron.
Sólo sobre el final de la marcha, después de haber bordeado el centro de la ciudad en un recorrido que no todas entendieron por lo periférico, se produjo un encuentro paralelo, que parecía inminente desde el principio y que cruzó los primeros escarceos por la tarde (ver aparte). En las escalinatas de la Catedral, justo en el momento en que empezaba a escucharse el carnavalito que dice que si el “Papa fuera mujer, el aborto sería legal”, unas ciento cincuenta personas, la mayoría varones adolescentes, empezaban a rezar el Padrenuestro casi como si quisieran pronunciar un conjuro, un exorcismo. Los turistas –que también llegaron de a miles en el último fin de semana largo– soltaban carcajadas sonoras, aunque era imposible saber si se dirigían a la Iglesia o a los extraños modos en que las mujeres del Encuentro ataban sobre su cuerpo los pañuelos verdes. El fraseo de las oraciones empezó a perderse a medida que llegaban más y más mujeres; las más jóvenes se arrodillaron, aerosoles en mano, a los pies de las dos filas de policías federales que custodiaban a los feligreses para pintar consignas, también históricas, “Iglesia, vos sos la dictadura”, entre otras más directas.
Pero no hubo más incidentes que los verbales. Lo mismo sucedió cuando la manifestación, en la que se calcula que participaron más de 30 mil mujeres, pasó por la puerta del Hotel Hermitage donde la Guardia de Infantería había redoblado el cerco. Petardos, algunos papeles encendidos, y una sola voz que acusaba a Bush de terrorista, parecía que lograrían desarmar la tranquilidad con la que se había marchado desde hacía diez cuadras. Tampoco pasó a mayores, del interior de la corriente de mujeres salieron quienes se ocuparon de evitar provocaciones. Pero fue una oportunidad para cantar otro de los grandes éxitos de la marcha, una que le daba un destino escatológico para la “cajita feliz” –icono de McDonald’s, icono a su vez de los Estados Unidos– y que se “vayan los yanquis de mi país”.

Una ciudad difícil
La recorrida de las mujeres por las calles de la ciudad, a pesar de que evitó los puntos más conflictivos hasta el final, como la Catedral, y evitó pasar por la puerta de cualquier otra iglesia, sirvió para hacer visible no sólo el reclamo unánime a favor de la despenalización del aborto –y más, para que sea gratuito– sino también la potencia del Encuentro. Que si bien se pudo medir a la hora de la apertura, esto fue posible sólo para quienes estaban allí. El Polideportivo, desbordante de mujeres de edades, condiciones, orígenes y formaciones diversas, queda tan alejado del centro de la ciudad que sólo es posible llegar en algún tipo de transporte. Y esto sí fue un contraste con los Encuentros de Mendoza –en 2004– y Rosario –2003–, donde la apertura y el cierre se instalaron en los lugares más emblemáticos de la ciudad, mostrando la potencia de esta reunión anual de mujeres aun a quienes no querían verlo.
Para las asistentes históricas a los ENM, también la distribución de los talleres, en escuelas que distaban al menos 20 cuadras una de otra, también dificultó la comunicación. Sobre todo porque los pases libres para viajar en colectivo no eran tan libres. O no los reconocían los conductores o muchas mujeres eran invitadas a bajar cuando algún inspector pedía boletos.
Y el mar, hay que decirlo, era un hechizo para muchas participantes. De las miles que llegaron de barrios populares, después de haber juntado el dinero en peñas, rifas y todo tipo de actividades, muchas no habían visto nunca la playa. Era lógico que hacia allí fugaran a las horas del almuerzo, con sus chicos, que esta vez se multiplicaron en cada una de las escuelas donde se acomodaban las delegaciones de los distintos barrios. Esas experiencias, de todos modos, desde la ansiedad por el mar como la dificultad para viajar sin los niños a cuestas fueron puestas en común y esto, seguramente, es de la cosas más valiosas que suceden en los ENM.
¿Cómo podría estar tan cohesionado el reclamo por el derecho al aborto, la educación sexual y la libertad de Romina Tejerina si la mayoría no reconociera en su cuerpo y en sus historias las razones de ese reclamo? Porque los talleres fueron diversos, no en todos se habló de aborto. Pero a la hora marchar, no hubo dudas, todas querían su pañuelo verde.

Contra la violencia
Cuando se pedía la “cárcel ya para los violadores” y la “libertad para Romina” –la joven condenada por matar a su hija, producto de una violación, en el momento del parto–, las ocho cuadras de marcha parecían una especie de animal de una sola voz. La historia de la chica jujeña se repitió en distintos talleres y sirvió para reflexionar sobre la violencia, no sólo la espectacular y claramente visible como la de los golpes y el abuso, si no esa subterránea, que se teje en miradas de condena como las que describía Romina: “que usaba la pollera muy corta”, “que le gustaba andar con varones”, “que salía mucho a bailar”.
En los talleres de sexualidad, por ejemplo, el tema atravesó el debate cuando se habló de la iniciación sexual: “No sé si forzada, pero sí presionada”, se escuchó más de una vez, en referencia a la primera vez. “Porque ellos te convencen, te dicen que no los podés dejar así o que si de verdad lo amás tenés que hacerlo”, dijo una adolescente de La Matanza.
Y por supuesto, apareció en los talleres que habían debatido en torno de la familia, uno de los reductos de las militantes católicas más organizadas, ya que éste parece ser un tema que preocupa a este sector. “Hay cosas naturales, lugares para el hombre y la mujer, ¿a qué le llaman patriarcado, a que un hombre y una mujer se amen toda la vida y críen a sus hijos?”, resonó en un aula de la Escuela N° 5, mientras algunas mandíbulas caían al piso. Es que para muchas de las asistentes, algunas discusiones están saldadas desde hace rato, como esa que hace referencia a “lo natural”. “Que ser mujer sea igual a madre, nutriente, sensible, y hombre sinónimo de fuerte, racional, poderoso, no es natural, es una construcción social que se necesita desestructurar porque nos condena a todos”, contestó a desgano una mujer de Rosario. “¿Y entonces por qué luchamos por las mujeres y no por los hombres?” Después de veinte años de Encuentros en los que se supone que se reflexiona sobre estas cosas, es necesaria mucha paciencia para poder seguir adelante.

El derecho al aborto
El Encuentro Nacional de Mujeres, desde hace dos años, el momento en que miles de ellas se muestran, en amplísima mayoría, reclamando la posibilidad del aborto como un derecho para poder decidir sobre sus propios cuerpos. Y por eso también, en el mismo lapso de tiempo, los sectores fundamentalistas de la Iglesia Católica se preparan para dar la pulseada, convirtiendo los talleres que debaten sobre la anticoncepción y el aborto en verdaderos campos de batalla. Aunque la única manera que encuentran de imponerse es tratar de incluir su oposición por minoría pero sin dar cuenta de ese detalle. “Si las conclusiones se sacan por consenso y no lo hay, tienen que figurar las dos; y como no se vota, no sé para qué van a contar”, decía una joven ofuscada que no quería dar su nombre y aseguraba que no era católica, si no “militante por la vida”.
La otra estrategia que también fue fácil advertir el año pasado en Mendoza, es judicializar la discusión. Si el año pasado consiguieron que se labraran actas para denunciar lo que consideraban agresiones y exclusiones en los talleres, ahora fueron por más. María Petraccaro, coordinadora de uno de los talleres de Anticoncepción y Aborto, fue una de las amenazadas con juicios por apología del delito, por haber permitido que se hablara del uso correcto del misoprostol, una droga popular que puede producir abortos en las ocho primeras semanas de gestación. Aunque tampoco se privaron de denunciar diversas cosas (ver aparte) con relación a los talleres, antes de que los mismos hayan empezado a sesionar.
Lo cierto es que la fuerza del Encuentro para reclamar el derecho a un aborto legal, seguro y gratuito es capaz de inundar las calles de una ciudad como Mar del Plata, que se despereza en el segundo día de un fin de semana largo. Más de 30 mil mujeres, de distintas partes del país y de la más diversa condición social, son un caudal de voz único que quiere hacerse oír. Y que midió, esta vez, las posibilidades para la próxima marcha por el derecho a la posibilidad del aborto: el 25 de noviembre, el Día Internacional que denuncia la violencia contra las mujeres.

“Pese al Infierno, Dios da la victoria”

Por M. D.
Desde Mar del Plata
Paroxismo, un estado indefinido entre la euforia y la rabia, descontrol, ¿cómo describir el entusiasmo de un grupo de unos sesenta jóvenes, la mayoría de ellos blancos y bien vestidos –incluso de saco, a pesar del domingo a la tarde– que cantaban como desquiciados: “Un minuto de silencio, para el diablo que está muerto, ea, ea, ea”; o “Dios me da la victoria aunque el infierno se oponga”? Fue un momento violento, hay que decirlo, porque estaban decididos a poner el cuerpo, literalmente. Avanzaron a los saltos, al ritmo de sus cantos, hasta chocar contra las mujeres que salían de los talleres más conflictivos, relacionados con la despenalización del aborto.
Al mismo momento que los muchachos se desgañitaban y tiraban panfletos con fotos de embarazos a término con la leyenda “no lo mates, es tu hijo” o “podría tener tu sonrisa”, tres mujeres salieron de la escuela Número 6, en Gascón y Mitre, hacia la comisaría segunda de General Pueyrredón. Allí las recibió el sargento Mario Cárdenas, quien escuchó cosas como: “Nos tienen secuestradas, nos golpearon, no nos dejan entrar a los talleres y cantar cánticos contra de las instituciones (sic). Hay tres que parecen locas, para mí que están drogadas”. Cuando este diario les preguntó a esas mujeres quiénes las agredían, la respuesta fue vaga: “Las que tienen pañuelo verde”.
Cárdenas confirmó que desde las ocho de la mañana habían recibido denuncias. ¿Sobre qué? “Que las agredían verbalmente, que no las dejaban discutir, cosas que ameritaron que enviáramos a un móvil hasta última hora”. A última hora se definía si se iba a dar intervención a la fiscalía o no, ya no que se terminaron de constatar las agresiones, a pesar de que las mujeres llevaron sus testigos, todos varones que aportaban datos aun cuando su presencia hubiera sido imposible dentro de los talleres.
Pero mientras el intento de que interviniera la fuerza pública hacía agua, los muchachos de los estribillos celestiales seguían presionando contra el grupo de mujeres que terminaba de debatir y se reunía para ir juntas a la marcha de cierre. En ese momento no hubo móviles policiales, a pesar de que hubo dos camionetas que atravesaron a toda velocidad el grupo de mujeres y que estuvieron a punto de causar accidentes. De las camionetas bajaron otras mujeres, que se mezclaron en el grupo de los devotos y desde allí pedían perdón por las “asesinas”.
Lo cierto es que el enfrentamiento se produjo en el momento en que intentaban cerrarse las conclusiones. Algo que parecía imposible ya que muchos talleres se habían desarmado en discusiones cabeza a cabeza sobre el modo en que se redactarían, y si las dos posturas quedaban en igualdad de condiciones o no, aunque más del noventa por ciento ya vestía sus pañuelos verdes y la minoría sólo se podía ocultar detrás de la lectura de las conclusiones, hoy, cuando la mayoría de los micros que viajan a las más diversas provincias ya hayan emprendido el viaje.
La pregunta que atravesó el Encuentro es cómo volver a reunirse sin tener que repetir las mismas escenas año a año. Esta vez, por ejemplo, las voces fundamentalistas se callaron hasta último momento, como para incluirse en los escritos sin haber debatido. Pero los ENM, por definición, son abiertos a todas las mujeres. La marcha final, de todos modos, parece un buen modo de saldar una discusión que en estos espacios, más allá de algunas puestas en escena, tiene suficiente consenso.

“La última vez, casi me muero”

Por M. D.
Desde Mar del Plata
En cada escuela donde funcionaron talleres había una mesa, dispuesta en el marco de la Campaña Nacional por el Derecho a un aborto legal, seguro y gratuito, que suscriben casi cien organizaciones –entre ellas Católicas por el Derecho a Decidir, CTA, Ctera, Suteba, Fuba, y varios partidos políticos– y a la que adhieren desde el ministro de Salud, Ginés González García hasta personas de la cultura. Ahí estaban las planillas para seguir sumando firmas a este reclamo. Hubo una mujer, maestra del conurbano, que quiso hacerlo enseguida. “Sabés que pasa, que yo en el último aborto casi me muero.” Después de la intervención, precaria, sin anestesia, se sintió mal, tuvo hemorragias y fue al Hospital de Wilde. “Pero cuando dije que me había hecho un aborto no me quisieron atender.” Fue hace 20 años, dice, pero se acuerda perfecto.

Marlene tuvo una ventaja esta vez: llegó tarde a los talleres de Estudios de género y quedó fuera de los tres primeros. Pero como no fue la única se abrió un cuarto, inesperado, en el que ella, como todas, se sintió cómoda. Pudo plantear su duda sobre si no sería necesario hablar de géneros y no de género. Es una chica trans, pero a diferencia del año pasado, esta vez a nadie se le ocurrió pensar que podría estar fuera de lugar.

En los otros tres talleres de Estudios de Género, los que se reunieron en tiempo y forma, la discusión a vez parecía de otro tiempo. La palabra “natural” insistía en aparecer, sobre todo a la hora de imponer el rol materno como sinónimo de mujer, y cuando tocaba hablar de la familia, el bastión conservador. Pero por momentos algunas preguntas, de tan esquemáticas, parecían perder el eje: “¿Alguien me puede explicar por qué la opresión varón-mujer es un esquema de poder?”, dijo una mujer de cruz al cuello. Y al instante se contestó: “Bueno, claro, si hay opresión, hay poder”.

Espasmódicamente, los postes de la peatonal aparecían envueltos en afichetas con imágenes estremecedoras de neonatos dañados, no se sabía por qué, o de panzas felices –y muy voluminosas– pero amenazadas de muerte. Con la misma tenacidad, las participantes más jóvenes del ENM se dedicaron a quitarlas. El ritmo se alteró con una tercera presencia, inexplicable: dos grupos de patovicas vestidos con remeras negras que decían, de frente, “No a la violencia”, y de espaldas, “Dios es nuestro líder”.

Fue tenso el momento en que la marcha pasó frente al Hermitage, además de la cantidad de policías, y del furor de los cantos en contra de la presencia de George Bush en Mar del Plata, se sumaron al desconcierto, un grupo numeroso de jóvenes atléticos y en cuero que arengaban a las mujeres y gritando a favor de la despenalización del aborto. Eran miembros de equipos de waterpolo de todo el mundo que ahora mismo juegan un campeonato.

Cuando la discusión parecía haberse agotado por completo, la mujer que se reivindicaba como militante pro vida la quiso cerrar: “No sé para qué joden tanto si nunca van a conseguir que se despenalice el aborto”. Y alguien le contestó: “Entonces nosotras tenemos más fe que vos, porque estamos seguras de que lo vamos a lograr”.