Cultura · 4 junio, 2007

Alejo Carpentier

Una vez por semana voy a postear los textos de Alejo Carpentier de su libro Letra y Solfa, donde habla sobre Artes Visuales, es una compilación realizada de las notas que el publicaba en el Diario El Nacional de Caracas, estas notas fueron publicadas entre 1951 y 1961. Esta compilación de exquisitos llega a mis manos gracias a mi gran amigo Cubano Alaim, dueño de una amistad y cariño muy grande.

Alejo Carpentier es un novelista, ensayista y musicólogo Cubano nace en 1904 y muere en Paris 1980 siendo embajador de Cuba.

Una linda Biografía para leer de este grande es la que publica El poder de la palabra, un sitio donde siempre hay buena data sobre biografías y algunas otras cosas.

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1901 – LAUTREC – 1951
Con una imponente exposición retrospectiva se dispone París a honrar la memoria de Toulouse Lautrec, muerto hace medio siglo, el 9 de septiembre de 1901, cuando iba a cumplir treinta y siete años.

A la grandeza de Lautrec se añade la perdurabilidad de su herencia. No sólo está situado ya por siempre en la historia del arte, sino que se encuentra presente en muchos sectores de la pintura actual, viviendo en los cuadros de otros, como una especie de esencia primera, de pensamiento primordial, anterior a la concepción de la obra que contemplamos. Y conste que no nos referimos a una influencia directa, ya difícil en nuestros días, sino a algo mucho más importante: la vigencia de una manera de ver, de componer, de expresar el movimiento, que aún no ha agotado sus posibilidades. Además, Toulouse Lautrec, lejos de esterilizar con su ejemplo, fue uno de los pocos grandes artistas que tuvieron la suerte de fecundar a quienes se les acercaron con devoción. Sabemos cuánto le debe Picasso — que parece recordarlo nuevamente en estos días, en algunos de sus cuadros más recientes. Y sabemos también que fue Lautrec el pintor que más influyó en la formación de José Clemente Orozco, tan impermeable, sin embargo, a ciertas tendencias europeas que mucho se manifestaron en estos últimos treinta años, en la plástica de nuestra América.

Allá por el año 1926, había en México, frente al teatro Fábregas, un pequeño café de artistas, llamado Los Monotes, que había sido decorado por Orozco, como una escenas caricaturescas, satíricas, crueles a veces, de la mala vida de la capital. Desde luego que en esa obra menor, borrada de las paredes un día en que el establecimiento cambió de dueño, se afirmaba ya la garra de Orozco. Pero la presencia de Lautrec, en cuanto a la manera de ver y de resolver, era particularmente visible en el dibujo. Y era lógico que quien hubiera ofrecido al mundo su visión cáustica, descarnada, casi goyesca a veces, de la humanidad nocturna del París novecentista, fuese tan grato al pensamiento creador de un pintor que reaccionaría duramente contra ciertas realidades de su tiempo, poblando sus frescos de figuras hermanas — en cuanto a la condición tomada como símbolo— de las de Lautrec.

Unas fracturas sufridas en la adolescencia, habían entorpecido el desarrollo físico de Lautrec, haciendo de él una especie de gnomo barbudo, con talla de enano, que los tontos solían considerar con superioridad burlona. Además, preciso es reconocerlo, los amigos del artista no pertenecían a eso que las personas honestas suelen calificar de «buenas compañías». Muy aficionado a la juerga, Lautrec se rodeaba a menudo de las mujerzuelas, trasnochadores, cabareteros de Montmartre, que le servían de modelos. Sin embargo, ese hombre que no podía dibujar un caballo de circo sin darle un épico empaque, era el descendiente directo de una de las familias más ilustres de Europa. Esto le permitía ciertos gestos que a otros hubieran estado vedados.

Un día, hallándose en casa de un coleccionista de cuadros, se tropezó con un ex-rey de Serbia, que estaba en París de paso. Este, después de considerar al enano barbudo con cierta ironía, supo de su frondosísimo árbol genealógico. Se le acercó, entonces, con una sonrisa conciliadora:

— ¿Es cierto que usted desciende de aquel conde de Tolosa, que hizo la primera Cruzada?
—Un poco — respondió Lautrec. Tomarnos Jerusalén en el 1100; luego nos apoderamos de Constantinopla. Claro… ¡ustedes llegaron mucho después!…
— ¡Mi hijo, el rey Alejandro de Serbia, es muy aficionado a la pintura! — advirtió el real padre, para cambiar de conversación.
— ¡Qué horror! ¡Así será eso!… — respondió Lautrec, con la calma de un gran caballero feudal ante un pequeño señor poco más o menos.

Texto Escrito: 22 de junio de 1951.